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Maternidades cuir

No hace mucho le regalaron a Alma el libro de Maternidades cuir, publicado este mismo año en la editorial Egales. Como buena ratona de biblioteca, no pude resistirme a hojearlo en cuanto lo vi. Tras leer las primeras páginas, sin embargo, mi curiosidad inicial se convirtió en obsesión: lo devoré en apenas tres bocados, con el ansia que solo me generan las lecturas radicalmente significativas. Y es que apenas necesité unas líneas para entender que el libro hablaba de mí, de nosotras, de la increíble pero cierta aventura que es la maternidad lesbiana.

El rito de todos los veranos

Desde mi más tierna adolescencia, el comienzo del verano ha estado asociado a un rito ineludible que, año tras año, me he visto obligada a realizar con abnegación: depilarme. Una vez culminado el sacrificio, ya sea a finales de mayo o a mediados de julio, obtengo a cambio el permiso social para disfrutar de ciertos privilegios veraniegos, como ponerme camisetas de tirantes y pantalones cortos, o exhibir mi cuerpo semidesnudo en lugares públicos, con el objetivo principal de tomar el sol y bañarme.

Varón blanco heterosexual y «nueva» cortesía

He pasado varios días enfadada con mi padre. Diría que bastantes. No solemos discutir con frecuencia, pero, cuando lo hacemos, los elementos se conjuran para formar la tormenta perfecta. Mi madre, espantada por nuestro tono, me lo advirtió mientras paseábamos: "Sí que discutes con papá, ¿eh? Ten cuidado". Es probable que malinterpretara su advertencia, o que no prestara atención a los matices, pero mi respuesta deja clara cuál fue mi actitud la mayor parte del tiempo: "Que tenga cuidado él... ¡no te digo!".

Mis macetas y tus cubos

Uno de mis planes estrella para esta primavera era plantar un pequeño huerto en las macetas. Quería compartir contigo todo el proceso: comprar la tierra, llenar las macetas, abonar, sembrar, regar, cosechar... Me parecía valioso que participaras de todo ello, no solo por los aprendizajes que implica (el ciclo vital, los cuidados, las redes alimenticias, habilidades de horticultura sencillas...); sino, sobre todo, por el vínculo: esa riqueza emocional que tantas veces menospreciamos.

Pagar el precio

Me siento en la terraza bajo el tenue sol de primavera. De fondo, tan solo el trinar de los pájaros, apenas interrumpido por algún rumor mecánico. Mientras me dejo invadir por la paz del momento, me doy cuenta de que, durante la mayor parte de mi vida adulta, he pagado por esto. Por una o dos semanas al año alejada del trajín de la ciudad, de sus ruidos, de sus velocidades. Por sentarme y respirar en la calma de una pequeña porción de naturaleza. Sueño entonces con que algo de todo esto haya llegado para quedarse, y me pregunto qué estaría dispuesta a pagar por ello.

Las semillas del cambio

Tengo la impresión de que son muchas las personas que anhelan que esta crisis que padecemos actúe como un golpe de timón para cambiar, de una vez por todas, el rumbo suicida de nuestras sociedades. Quizá es porque yo también tengo esa esperanza: deseo profundamente que todo este dolor no sea en vano, que quienes logren llegar al otro lado sean capaces de encontrar la manera de honrar a quienes no vivirán para contarlo. Sin embargo, las señales que percibo a mi alrededor son contradictorias. Y, en medio del naufragio, me mantengo a flote sobre un par de certezas.

La vida era esto

Cuarentena. Hace diez días que no salgo de casa más que para sacar la basura. De pronto, la sucesión de acontecimientos a la que llamábamos "vida" se ha desgarrado y, a través de los jirones que restan, observo lo que hay al otro lado. Eso que parece resistir al cataclismo; eso que, cuando todos nuestros cimientos se tambalean, consigue mantenerse en pie. Y siento que debo abrir bien los ojos, memorizar con el cuerpo, antes de que el tejido tramposo que nos rodea regrese a la opacidad a la que nos tenía acostumbrados. Antes de caer, de nuevo, en la ceguera.

Florecen las mimosas

Hace ya algunos años, hablando sobre la primavera y sus indicios, una compañera de trabajo y amiga se quejó de la obsesión generalizada que existe con almendros y cerezos: "La gente dice que son los primeros árboles que florecen, ¡pero es mentira! Los primeros que florecen son las mimosas".

Convertirse en un referente

El hijo adolescente de una de mis vecinas es gay. Durante un tiempo, preferí no identificarlo como tal porque no quería hacerlo basándome exclusivamente en su pluma: conozco una cantidad impresionante de hombres heterosexuales que tienen mucha, así que no me gusta precipitarme. Pero cuando mi mujer lo vio dándose el palo con otro chico, las dudas (y la prudencia) se disiparon de golpe.