Mis macetas y tus cubos

Uno de mis planes estrella para esta primavera era plantar un pequeño huerto en las macetas. Quería compartir contigo todo el proceso: comprar la tierra, llenar las macetas, abonar, sembrar, regar, cosechar… Me parecía valioso que participaras de cada paso, no solo por los aprendizajes que implica (el ciclo vital, los cuidados, las redes alimenticias, una iniciación a la horticultura que casi no merece ni su nombre…); sino, sobre todo, por el vínculo: esa riqueza emocional que tantas veces menospreciamos.

El vínculo entre nosotras, por supuesto. Imaginaba que este nuevo proyecto enriquecería nuestras tardes, un espacio cotidiano que, no sin dificultad, habíamos ido armando desde tu primer mes de vida, y que ahora me parece una ensoñación. Deseaba que el huerto se convirtiera en una nueva experiencia para compartir, junto al resto de pequeñas rutinas que ya teníamos establecidas: las meriendas a la salida de la escuela, los paseos hasta alguno de nuestros parques, los juegos en la ludoteca con tus amigas y amigos del barrio, algunos recados sencillos que, no obstante, me parecían todo un logro por el mero hecho de realizarlos contigo.

Pero también pretendía fortalecer otros vínculos cuya importancia yo misma sigo intentando reconocer: el vínculo con la tierra, con los alimentos, con nuestro propio cuerpo. Tengo el empeño de que crezcas con la experiencia de vivir en una realidad armoniosa, de la que todos y cada uno de sus habitantes participamos, en la que todos y cada uno tenemos sentido. El vínculo con la Naturaleza, de quien formamos parte inseparable, me parece el mejor antídoto contra ese mundo de crueles exclusiones, de alienación constante, que es el mundo capitalista. Vincularnos a lo que somos es vincularnos a la Vida, y si ese vínculo es fuerte, servirá de cimiento para construir una existencia alternativa.

Como tantos otros planes para estos meses, sin embargo, nuestro huerto se ha quedado por el camino. La explosión de la pandemia y la cuarentena se solaparon con el pico de trabajo tras el cual esperaba poder ponerlo en marcha. Cuando me quise dar cuenta, estábamos encerradas en casa, sin posibilidad de comprar tierra en condiciones de seguridad. Reconozco, además, que lo que había sido una prioridad absoluta para mí, pasó a un ultimísimo lugar en medio de la angustia, la incertidumbre y el estrés de las primeras semanas: sobrevivir cada día era lo importante, del huerto ni siquiera me acordaba.

En el cómputo global de las cosas, sé que no importa. Sé que habrá otras primaveras, sé que hay labores de huerto en otros momentos del año, sé que pronto conseguiremos tierra y que aún estamos a tiempo da casi todo. Cuando tantos planes de vida se ven truncados a nuestro alrededor, entiendo que acudir a las segundas oportunidades no es solo un consuelo, sino un absoluto privilegio.

Pero en la vida pequeña, esa que discurre valle abajo como un alegre riachuelo, esa que no entiende de cataclismos que te hielan la sangre, que no conoce más obstáculos que un puñado de cantos que saltar con ligereza… me da pena. Cuando miro mis macetas polvorientas, amontonadas en un rincón de la terraza, me entristezco.

Y entonces reparo en que, junto a ellas, se amontonan también tus cubos, tu pala y tu rastrillo, los coladores y moldes que apenas conservan ya el recuerdo de la arena. Y entiendo que, de todas las cosas que has perdido esta primavera, lo que menos importa es ese huerto ignoto cuya ausencia no puedes echar de menos. Porque tu vida, tal y como habías empezado a reconocerla hacía tan poco tiempo, apenas se parece ya a sí misma.

Ya no hay escuela, ya no hay parques, ya no hay ludoteca ni recados. Tampoco bajas a comprar el pan con mamá Alma, ni os paráis a mirar las obras, ni decís adiós al tren. Hace más de dos meses que no juegas con niñas y niños, que no compartís canciones, comidas ni siestas, que no os peleáis por los mismos juguetes. Han pasado más de dos meses desde la última vez que viste a tus abuelos y abuelas, que te cogieron en brazos, que te cubrieron de besos, que reíste y cantaste a su lado. Más de dos meses de casi todo lo que conocías, de mucho de lo que amabas.

Y sí, es verdad: estás en casa, con tus dos madres, cuidada y segura, bien alimentada, vestida, bañada. Los primeros días parecías disfrutar con la novedad: dormías más tranquila, estabas contenta. Nuestras rutinas domésticas se mantienen, aunque ahora se hayan vuelto más intensas: cantamos, pintamos y bailamos más que antes, preparamos alguna receta sencilla, seguimos ampliando las tareas que promueven tu autonomía y leemos muchísimo. Además, ahora compartimos todas las comidas, hemos recuperado nuestras siestas a la teta y los baños, más escasos de lo que nos gustaría, siguen siendo un momento de complicidad cada vez que logramos superar tus reticencias.

Desde el primer momento, hemos intentado explicarte lo que estaba ocurriendo, sin saber qué eras capaz de entender. Te avisamos cuando cerraron tu escuela y mi trabajo, cuando cerraron la ludoteca y los parques, cuando cerraron la calle y el trabajo de mamá Alma. No queríamos ni queremos infundirte miedo, pero tampoco es necesario. Tú lo sabes. Tardaste menos de una semana en dejar de pedirnos salir de casa y una sombra empezó a cubrir tu mirada cada vez que nombrábamos algo de lo que habías perdido. Empezaste a utilizar la palabra «triste» y la palabra «susto» y cualquier ruido, por leve que sea, te hace correr en busca de nuestros brazos. Los paseos, tan reparadores al principio, te crean ahora emociones encontradas: no poder acercarte a otras personas confirma, como lo hacen las videollamadas, la ausencia de esa vida que conocías y amabas.

Siento que te has hecho mayor, de repente, en apenas nueve semanas. No solo has crecido, no solo has empezado a hablar con frases llenas de palabras. Algo en ti ha cambiado, sin que pueda precisar el qué. Cada vez que te cojo en brazos entiendo que te has convertido en una niña, que ya no queda en ti casi nada de ese bebé grande que eras antes de ayer.

Viene a mi mente entonces el recuerdo de tus primeros días, cuando todas las injusticias de este mundo se me clavaban en el estómago al pensar que una sola de ellas pudiera alcanzarte, tan hermosa como me parecías, tan inocente, tan merecedora de plenitud, tan perfecta. De nuevo, como en aquellos días, tiemblo de impotencia al entender que no está en mi mano ofrecerte un mundo más amable, más sereno, más consciente y, por encima de todo, más sano.

Mis manos, esas manos que se convirtieron en manos de madre la primera vez que te sostuvieron, se me antojan cada día más inútiles, más incapaces ante los retos que, de pronto, parece plantearnos la mera supervivencia. Sin embargo, son las mismas manos que el primer día, tan (in)útiles como entonces, tan (in)capaces como siempre las has conocido. Lo que puedo ofrecerte hoy es lo que he tenido desde siempre, aunque ahora me parezca insuficiente.

Mi amor incondicional, mi apoyo, mi respeto. La humildad que me permite confesarte que yo también he participado en la locura que ha dado origen a todo esto, que he sido y soy todavía una hija sana del capitalismo. Mi creatividad, puesta al servicio de imaginar ese mundo posible que sea habitable para ti; mi energía para construirlo. Hoy, ahora, aquí mismo. La conciencia de que mi capacidad es limitadísima y, al mismo tiempo, de que es todo lo que tengo. Todo lo que puedo ofrecerte y todo lo que te ofrezco.

Lo siento, hija mía. Siento mucho que todo esto esté ocurriendo. Todo mi empeño está puesto en que, algún día, encontremos la manera de volver a disfrutar de la arena. Toda mi esperanza en que, más pronto que tarde, logremos alumbrar juntas ese humilde pero vigoroso huerto.


Y tú, que lees estas palabras, ¿qué proyectos has dejado de lado durante esta cuarentena? ¿Crees que podrás recuperarlos o sientes que han perdido su sentido?

Gracias por compartir tu opinión, sobre este y otros temas, a través de los comentarios o en tu propio blog o red social.

Y si crees que esta entrada podría interesar a otras personas, ¡no dudes en compartirla!

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