Cuando no pasa nada

Es un tema recurrente en mis clases. Mis alumnas, mis alumnos se quejan de que no les ha gustado el principio de una novela porque no pasa nada. El contrargumento que yo utilizo siempre es el mismo: que eso es imposible. Es imposible que en veinte, cincuenta, ochenta páginas no pase nada. Quizá la presentación de personajes sea larga y tediosa, tal vez la descripción de espacios y tiempos no nos enganche. Puede que las tramas secundarias que se desarrollan en un principio no tengan apenas continuación después, o no tengan relevancia alguna. Es posible que se acumulen las reflexiones, también que la carencia de planteamiento dificulte nuestra comprensión y no nos enganche. Pero en veinte, cincuenta, ochenta páginas, pasan cosas. Siempre pasan.

Recordaba esta anécdota cuando me planteaba qué podría pensar una lectora, un lector potencial que siguiera este blog ante un tiempo tan prolongado de silencio. Quizá se plantearía que, al haber alcanzado un periodo de placidez vital, no tendría nada que contar. Que mi vida podía haberse convertido en una suave sucesión de días, salpicados apenas por anécdotas cotidianas, sin rastro de las quiebras por las que la escritura escapa como géiser, como vapor bajo presión, como azufre volcánico. Es algo de lo que también hablo en mis clases. Sugiero a mis alumnas, a mis alumnos, que una vida monótona, sin conflicto, no puede desencadenar la acción. Que algo debe ocurrir, algo probablemente extraordinario, que sacuda la vida de los personajes y los arroje a la profunda sima de la trama.

Ahora me doy cuenta, sin embargo, de que ese pensamiento es un engaño. No existen esas vidas plácidas en las que nunca pasa nada. No existen siquiera periodos de veinte, cincuenta, ochenta páginas en un blanco inmaculado, sin quiebras. Es más, me atrevo a afirmarlo: la vida de cualquier persona daría para una novela. No es necesario esperar el advenimiento de un conflicto nimbado para escribirse, porque la cotidianeidad de cualquier ser humano rezuma acción por los cuatro costados. Tal vez no una acción extraordinaria, pero sí esa acción necesaria, suficiente, a la que llamamos vida.

Aun así, confieso que me deleito en imaginar que la vida de los demás es una de esas vidas plácidas, libres de conflictos, sin quiebras. A su lado, claro, la mía es una sucesión de sobresaltos, un eterno estallar bajo presiones, un resquebrajarse constante. Supongo que lo he hecho, que todavía lo hago, porque es la manera de justificar mi necesidad de decirme. ¿Por qué escribirme yo y no cualquier otra persona? En realidad, no hay ningún motivo, solo el acto: el hecho mismo de que me escribo, sin necesidad alguna de lo extraordinario. A pesar de ello, sigo buscando la placidez, soñando con el devenir insulso de los días, con esa ausencia de anécdotas relevantes que me libere de esta compulsión de contarme. Pero quizá sea imposible. Porque quizá sea en esa compulsión donde resida el verdadero germen de mis conflictos.

¿Quiero decir entonces que en estos veinte, cincuenta, ochenta meses en blanco no ha ocurrido en mi vida nada relevante? Lo cierto es que no. Lo cierto es que han ocurrido tantas cosas y tan radicales, que nunca en mi vida me estaría engañado tanto como ahora si dijera que no he tenido nada que contar. Al contrario. He tenido tanto que contar, tantísimo, que tal vez por eso he sido incapaz de encontrar un cabo para hilar mi historia, para reflexionarla. Por más que la compulsión de escribirme bombeara con fuerza en mis sienes, apenas he balbuceado algún que otro borrador durante todos estos meses. Sin atreverme, claro, a publicarlo.

Pero otra vez me estoy engañando. Escribir… ¡he escrito tanto! La fotografía que encabeza esta entrada muestra todos los cuadernos que he rellenado durante este tiempo. Esta es otra de mis peleas internas, de mis quejas conmigo misma. ¿Qué es escribir? Me costó años asumir que escribir un blog era escribir, y todavía necesito reivindicarme que mis diarios personales, esos cuadernos que completo a mano, son escribir. La escritura está trenzada con mi vida, escribir es mi manera de aprehender la existencia y, de una manera u otra, siempre estoy escribiendo, respirando, latiendo. No hay manera de separarlas; tampoco hay necesidad de hacerlo.

Así que, a la pregunta de una lectora o un lector posible, a la pregunta que yo misma me hago, ¿por qué estos meses de silencio?, debería responder: porque no he podido, no he sabido y, probablemente, ni siquiera he querido publicar nada en este blog. Me han ocurrido muchas cosas, he escrito sobre todas ellas, pero no aquí.

¿Y ahora? Ahora, hoy, esta mañana en la que alumbro esta entrada del tirón, pienso que ahora sí. Que ahora quiero volver. Porque la escritura íntima cumple las funciones que cumple, pero la escritura pública sirve para compartir. Y yo, ahora, quiero compartir. Aunque tal vez debería precisarme un poco más: y yo, ahora, estoy lista para compartir.

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