Solo puedo escribir como lesbiana

Cerrar el blog de Encantada fue una decisión difícil y arriesgada. A pesar de ello, en su momento la viví como una prueba de confianza en mí misma, en mi capacidad de volver a empezar desde cero y alcanzar un punto similar a aquel en que me encontraba cuando decidí dejar de publicar.

Detrás de aquella decisión hubo diferentes motivos, algunos sin relación aparente. Sin embargo, lo que entonces viví como una oportunidad, como una mejora, como un reajuste necesario, hoy me parece un grave error. La intención era loable, pero los motivos que la impulsaban no podían estar más equivocados. Uno de ellos, aunque me avergüence admitirlo, fue que estaba cansada de escribir como lesbiana.

Durante los primeros años de mi despertar como mujer-no-heterosexual, hubo quien me advirtió frente a los «guetos». Al parecer, privilegiar un ambiente homosexual no iba a ser una decisión sana para mí, por más homosexual que me sintiera. Las amistades (heterosexuales) de siempre, los lugares (con mayoría de afluencia heterosexual) que frecuentaba, los libros, las películas, las series (heteronormativas) de toda la vida… Todo ello debía mantenerlo; lo contrario, de alguna manera no identificada, sería malo.

Sobra decir que no presté ninguna atención a esas advertencias. Hice amigas lesbianas y bisexuales, empecé a salir por zonas de ambiente, me pasé a las películas y series «de chicas». Para colmo de males, abrí un blog en el que escribía como lesbiana para un público formado, mayoritariamente, por lesbianas.

Durante mucho tiempo, ese camino fue liberador. Los presuntos «guetos» se revelaron como ambientes protegidos donde poder ser yo misma, donde sentirme a salvo. Sin embargo, llegó un momento en que todo aquel flujo de libertad me empezó a resultar angustioso. Deseaba volver a sentirme persona, sin etiquetas. Aquello que había liberado una parte de mi ser parecía estar oprimiendo otros aspectos. Y aunque no cambié ningún hábito en mi vida analógica, ese anhelo (en principio legítimo, en principio ambicioso) se llevó por delante el blog.

A día de hoy, no deja de resultarme paradójico, porque, en realidad, en Encantada escribía sobre casi cualquier cosa. Mi identidad lesbiana estaba presente, pero también trataba temas tan dispares como el vegetarianismo, la mitología, la política o los gatos. Y no siempre porque estuvieran relacionados con mi homosexualidad. Pero yo quería sacudirme la etiqueta de encima, agobiada por la posibilidad de haberme encerrado en el «gueto». Y así lo hice.

Fue una soberana estupidez. En cuanto di los primeros pasos con el nuevo blog, la etiqueta regresó a mí. Y no es que me avergonzara de ser lesbiana, o que tratara de ocultarlo. Es que pensaba que podía vivir experiencias como la maternidad, o incluso la propia escritura, desde otro punto de vista: desde mi identidad como mujer o incluso como persona. Y lo intenté. Y descubrí que no funciona así.

Nuestros privilegios y nuestras opresiones nos construyen. Aunque solo fueran la manera en que otras nos ven y nos tratan, sería imposible que experimentásemos la realidad como si no existieran, como si pudiésemos elegirlos. Pero es que, además, nuestros privilegios y nuestras opresiones nos habitan por dentro, nos guste o no. Los hayamos elegido o no. Nos sintamos identificadas o no.

Por ese motivo, yo no me puedo considerar simplemente madre, porque soy madre lesbiana. Y ese detalle, que no debería cambiar nada, lo cambia absolutamente todo. Del mismo modo, solo puedo escribir desde donde voy a ser leída, desde mi identidad aparente, incluso aunque no me sienta plenamente identificada con ella. Cualquier alternativa termina revelándose como un autoengaño: quien lo probó, lo sabe.

El laberinto de nuestras identidades no tiene entrada ni salida: no podemos vivir al margen de sus muros, tan solo explorar sus corredores. Huir, si así lo elegimos, de los que nos parezcan desagradables; regodearnos en los que nos regalen. Con el tiempo, tal vez, traducir sus requiebros en calles, encerrándolos en nombres, en etiquetas, en palabras, que los hagan más nuestros, más habitables. Aunque sus letras no sean perfectas, al menos convierten el misterio en comunicable.

O no… ¡quién sabe!


Y tú, que lees estas palabras, ¿cómo te llevas con las identidades que te habitan? ¿Hasta qué punto crees que podemos negociar nuestros privilegios y opresiones? ¿Abrazas o rechazas las etiquetas que los hacen explícitos?

Gracias por compartir tu opinión, sobre este y otros temas, a través de los comentarios o en tu propio blog o red social.

Y si crees que esta entrada podría interesar a otras personas, ¡no dudes en compartirla!

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