El rito de todos los veranos

Desde mi más tierna adolescencia, el comienzo del verano ha estado asociado a un rito ineludible que, año tras año, me he visto obligada a realizar con abnegación: depilarme. Una vez culminado el sacrificio, ya sea a finales de mayo o a mediados de julio, obtengo a cambio el permiso social para disfrutar de ciertos privilegios veraniegos, como ponerme camisetas de tirantes y pantalones cortos, o exhibir mi cuerpo semidesnudo en lugares públicos, con el objetivo principal de tomar el sol y bañarme.

La exigencia de la depilación siempre me ha suscitado un buen puñado de emociones negativas y, consecuentemente, un enconado rechazo. Entiendo que haya mujeres para quienes eliminar su vello corporal sea un acto cotidiano al que no le den más importancia que a cortarse el pelo o las uñas, del que incluso disfruten porque lo hagan con su resultado: de hecho, conozco a unas cuantas. Sin embargo, para mí siempre ha sido una actividad profundamente desagradable. En primer lugar, por lo que me parece una obviedad inopinable: el dolor que conlleva. Pero no solo: se me ocurren muchos otros motivos que hunden sus raíces en lo más profundo de mi experiencia.

Cuando era adolescente, acudía con mi madre a un salón de belleza donde nos depilaban con cera caliente. Ella había empezado a asistir muchos años antes de que yo tuviera edad para enfrentarme a aquella pasta pringosa y sus tirones despiadados, y se había hecho amiga de la dueña. Juntas planearon mi iniciación depilatoria como un rito de paso, con la idea de ahorrarme el malestar de descubrir que mi cuerpo era peludo y el largo proceso de ensayo y error al que se había enfrentado mi madre antes de descubrir un método que, para ella, resultaba óptimo. A pesar de que sus intenciones eran impecables, sin embargo, yo lo odiaba. Odiaba exponer mi vello ante otra persona, aunque fuera una mujer y, además, una profesional acostumbrada al espectáculo. Odiaba el olor, el calor y el tacto de la cera y, por supuesto, odiaba el dolor que sentía cuando me la arrancaban.

No aguanté muchos años. Pronto le pedí a mi madre que me comprara una depiladora eléctrica, no solo para evitarme el trance del salón de belleza, sino también para ganar en autonomía y poder decidir el momento de acabar con el pelo sin depender de ninguna cita. Fueron numerosas las ocasiones en que un día caluroso o una invitación a la piscina me pillaron desprevenida y sin capacidad de reacción porque no me depilaba hasta la semana siguiente. No poder vestir como me apetecía o sentirme obligada a declinar una invitación que deseaba aceptar me parecían, aun sin conciencia feminista de ningún tipo, situaciones dañinas cuya ridícula limitación no quería para mí. Lo cierto es que el cambio me gustó, aunque el método fuera mucho menos eficaz y mermara un tanto mi confianza, y así he seguido depilándome hasta hoy.

El rito veraniego también me resulta desagradable porque nunca parece que disponga del tiempo necesario para acometerlo. El final del curso siempre ha sido un época de mucho trabajo para mí, por lo que tener que encontrar un hueco para depilarme suele agobiarme bastante y, al final, termino yendo en pantalones largos hasta que llegan las vacaciones. Momento a partir del cual tengo tantos planes interesantes, tantos proyectos pendientes que no me ha dado tiempo a hacer antes, que lo último que deseo es, de nuevo, buscar el momento para sacar la depiladora.

Sí, ya lo sé: es media hora. Una hora entera si culmino el proceso con precisión. Quince minutos, incluso, para salir del paso. Pero me da igual. En mi lista de prioridades, depilarme no ocupa ningún lugar. Lo hago porque, socialmente, no me queda más remedio que hacerlo. Lo hago porque no hacerlo me llena de vergüenza.

Vergüenza de no depilarme más que un puñado de veces al año. Vergüenza de no ser diligente para cumplir con el rito obligado. Vergüenza de odiarlo, de no hacerlo con la suficiente devoción o alegría. Vergüenza, incluso, de taparme. Algo en mí debe de estar mal, algo de lo que avergonzarme, ya que, a pesar de ser una mujer, odio depilarme. Tan profundo es el daño que, entre mis pesadillas más recurrentes, se encuentra la de descubrir mi vello corporal intacto mientras me estoy bañando en público tan tranquila y, solo entonces, consumirme en la vergüenza de haber olvidado eliminarlo.

A pesar de todo ello, tengo la suerte de que, para mí, sea solo un rito veraniego. Los otros nueve meses del año, como se puede deducir, no me depilo. Solo muy de vez en cuando tengo que hacer alguna excepción, por ejemplo, para ponerme un vestido en alguna ocasión solemne, como una boda. Y es que dejar de depilarse en invierno tiene otras implicaciones, como no llevar falda, algo que yo vivo como una liberación porque, en general, no las soporto. Así que, desde la adolescencia, solo me he depilado en invierno durante la época del salón de belleza, al que iba cada mes; en las raras ocasiones en que he ido a natación, como durante el embarazo (y siempre muy por encima, porque tengo muy interiorizado que esos pelos no cuentan, ya que solo voy a nadar); y mientras estuve saliendo con mi ex. Mi exnovio.

Aquellos fueron unos años de intenso sufrimiento depilatorio. Apenas estrenaba los veinte, y me resultaba del todo inconcebible que mi novio pudiera verme sin depilar. Lo cual, unido a la pereza de depilarme en invierno, fue una traba más que notable para nuestra vida sexual. Aprovechar las escasas ocasiones de las que disfrutábamos era imposible para mí si no estaba depilada, así que inventaba mil excusas para que nos entretuviéramos con otra cosa. Creo que prefería pasar por inapetente (entre otras lindezas) que compartir el estado natural de mi cuerpo. Ahora que lo pienso, de hecho, la depilación fue uno de los alicientes de mayor peso para hacerme lesbiana.

Porque, cuando tu pareja es una mujer, todo es distinto. O, al menos, esa ha sido mi experiencia. Puede que, cuando empecé a salir con Alma, todavía me depilara en ocasiones especiales. Pero, al iniciar nuestra convivencia, volví al manto velludo de invierno. Siempre me ha importado un bledo que ella no se depilara ni tampoco me he molestado en hacerme pasar por lampiña en su presencia. Entre nosotras no hay secretos: no intentamos engañarnos la una a la otra sobre la realidad de nuestros cuerpos. Si nos depilamos, lo hacemos por cumplir con el mandato social y con todas las taras que ha infligido en nuestras conciencias.

Desde que nació mi hija, sin embargo, esta situación de semilibertad de la que gozamos se me ha quedado corta. Depilarme en su presencia es un acto doloroso del que, esta vez sí, me AVERGÜENZO con mayúsculas. ¿Cómo puedo transmitirle que no hay nada malo en su cuerpo, que puede amarlo y honrarlo tal cual es, si sigo participando de esa fantasía colectiva según la cual el vello corporal de las mujeres no existe? Cuando observo su piel cubierta de pelusa, siento auténtico horror al pensar en que algún día deba violentarla, dañarla solo para mantener una ilusión ridícula, para cumplir con una convención social cuyo fin último es recordar a las mujeres que nunca llegaremos a ser lo que el Patriarcado espera de nosotras, aunque debamos esforzarnos.

Así que, por primera vez, este verano me he planteado no depilarme. Saltarme el rito, incumplir las normas y mostrarle a mi hija que su cuerpo es perfecto tal cual es, sin peros ni aunques. Verla observar la depiladora con curiosidad, escuchar cómo me pregunta: «Mamá, ¿quiere ‘epilar?», ahonda en mi convicción: ni puedo ni quiero actuar como un eslabón más en la cadena de la opresión. Me niego a dañar a mi hija de esa manera solo porque es lo normal.

Tristemente, sin embargo, he terminado dándome de bruces con la realidad: el daño que esta violencia sutil pero constante ha obrado sobre mi cuerpo no puede ser reparado. Mi vello corporal, al contrario que el de mi hija, ya no es una expresión de naturalidad, sino una muestra de las consecuencias de tanto artificio. Los pelos de mis piernas crecen desordenados, tiesos, enfermizamente largos. Me siento incapaz de lucirlos. Algo parecido ocurre con el de mis axilas, cuyo desarrollo quedó detenido por obra y gracia de la depilación temprana, y que siempre me ha resultado extraño. Mi vello púbico, el único que conserva su natural exuberancia, es también el único que no estoy dispuesta a mostrar en público bajo ninguna circunstancia.

No me resigno, sin embargo. He comprendido que transmitirle a mi hija un concepto más elevado de dignidad corporal requiere un trabajo por mi parte. No se trata de colgar la depiladora de un día para otro, porque eso, al menos en mi caso, es imposible. Pero sí puedo empezar a buscar alternativas e ir negociando conmigo misma pequeñas transgresiones. Lo más difícil, sin embargo, será luchar contra mis propios sentimientos de vergüenza, de inadecuación, de asco. Lo más difícil, pero también, lo más necesario.

De nuevo, siento que me encuentro frente a otro hito del trabajo de nuestra generación. Al igual que mi madre cumplió con el suyo, implicándose en un proceso del que su propia madre se desentendió cuando le tocaba; yo sé que no puedo, simplemente, repetir lo mismo con mi hija. No está en mi mano solucionar el problema por completo: ella tendrá que hacer un trabajo que solo puede ser suyo. Pero, al menos, cuando se alce sobre hombros de gigantas, espero que su vista alcance mucho más allá de lo que nunca llegará la mía.


Y tú, que lees estas palabras, ¿cómo abordas el trance de la depilación? ¿Considras valioso trabajar por liberarse o piensas que tiene aspectos positivos que merece la pena mantener y transmitir?

Gracias por compartir tu opinión, sobre este y otros temas, a través de los comentarios o en tu propio blog o red social.

Y si crees que esta entrada podría interesar a otras personas, ¡no dudes en compartirla!

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