Escribir es tirar del hilo. Desmadejar un ovillo para que fluya la narrativa. Que la historia resultante sea real o ficticia constituye un detalle sin importancia. La vida se desenvuelve como una novela y, como tal, puede ser escrita.
Es un tema recurrente en mis clases. Mis alumnas, mis alumnos se quejan de que no les ha gustado el principio de una novela porque no pasa nada. El contrargumento que yo utilizo siempre es el mismo: que eso es imposible. Es imposible que en veinte, cincuenta, ochenta páginas no pase nada.
Desde que escribía en Encantada, siempre que te cuento que he publicado una entrada nueva me haces la misma broma: "¿Va sobre mí?". Me lo preguntas para reírte de tu presunto egocentrismo, claro, pero también porque es un hecho demostrable que casi nunca escribo sobre ti.
Todo proyecto creativo implica, en sus comienzos, el desafío de habitar la Tierra Baldía, ese lugar inhóspito donde sopla el viento de la desgracia y la vista no alcanza a otear más que llanuras polvorientas. Al menos, así es como ocurre en mi experiencia, y en esta ocasión no ha sido diferente: hace ya más de tres meses que alumbré este espacio y he pasado la mayor parte del tiempo envuelta en la incómoda sensación de vagar por un terreno pedregoso e infértil.
Cerrar el blog de Encantada fue una decisión difícil y arriesgada. A pesar de ello, en su momento la viví como una prueba de confianza en mí misma, en mi capacidad de volver a empezar desde cero y alcanzar un punto similar a aquel en que me encontraba cuando decidí dejar de publicar.
No es el nombre que me pusieron mis padres. Con ese nunca he podido identificarme: siempre he sentido que se refería a una persona que no era yo. Reaccionar ante él me sigue costando un imperceptible aunque molesto ejercicio mental sin el cual no podría superar su ajenidad.
Empecé a escribir mi primer blog en 2004, el mismo año en que nacía WordPress. Por aquel entonces, las bitácoras eran una novedad en castellano y muchas plataformas todavía llevaban un nombre relacionado con la palabra “diario”: era el caso de LiveJournal, donde mis primeras entradas salieron a la luz.