Remedios

No es el nombre que me pusieron mis padres. Con ese nunca he podido identificarme: siempre he sentido que se refería a una persona que no era yo. Reaccionar ante él me sigue costando un imperceptible aunque molesto ejercicio mental…

No es el nombre que me pusieron mis padres. Con ese nunca he podido identificarme: siempre he sentido que se refería a una persona que no era yo. Reaccionar ante él me sigue costando un imperceptible aunque molesto ejercicio mental sin el cual no podría superar su ajenidad.

Cuando era niña, ensayaba otros nombres posibles, me llamaba con ellos en mi mente y comprobaba si eran capaces de decirme. Algunos los elegía porque me parecían bonitos, originales, distintos a los que escuchaba a mi alrededor. Con ellos nombraba a la niña que me habría gustado sentirme, que a ratos parecía habitar un lugar recóndito en mi interior y, en otros momentos, me devolvía la imagen de quien deseaba llegar a ser.

No todos eran nombres femeninos. Escogí también nombres masculinos, a través de los cuales podía hacer todo aquello que ya entonces intuía vedado para una mujer. Nombrarme con ellos me producía un placer intenso, secreto, punzante. Aquellos nombres eran mi libertad y también la evidencia de mis cadenas, una identidad secreta condenada a permanecer en el espacio de mi intimidad.

A pesar de ese rechazo primigenio, me he esforzado duramente por congraciarme con mi nombre. Durante mi infancia y mi adolescencia, me pasaba las horas muertas escribiéndolo: con bolígrafo, con lápiz, con colores. Tratando de afirmarme en sus letras sin conseguirlo. Ya de adulta, firmar con él se convirtió en un travestismo tan insoportable que tuve que eliminarlo de mi firma, reduciéndola a un mero garabato en el que, no obstante, seguí sin reconocerme.

De ese espacio en blanco surgió Remedios. No es el nombre con el que quiero que me llamen, ni el que me gustaría ponerme. Es el nombre que, desde hace un tiempo, me dice. Y es un alivio haberlo encontrado.

Antes de él hubo otros. Nombres reapropiados, simbólicos, conceptuales. Nombres, sin embargo, imposibles de utilizar realmente, inhumanos. Remedios me dio algo que los otros no podían darme, y por eso decidí quedármelo.

Me gusta por su forma, porque es un nombre masculino que utilizan las mujeres. Me gusta también por su significado, que me evoca lo humilde, lo casero, lo sencillo, pero también lo eficaz. A pesar de todo, o quizá por ello.

Me gusta porque, además de un nombre propio, es un nombre común que me hace pensar en una cocina repleta de tarros, en ungüentos, en ollas borboteando, en cucharas de madera. Y en mi abuela.

Para terminar de familiarizarme con él, para rebajarle el carácter solemne que pudiera mantener, he decidido abreviarlo. Reme, más corto y cercano, me recuerda a un cuchillo mellado, desgastado por el uso, pero aún presto a morder, incluso sin dientes.

El proceso mismo de encontrar un nombre provoca en mí unas evocaciones literarias casi sagradas. En las novelas de caballerías (con las que tanto he aprendido, que tanto me han acompañado), los protagonistas ganaban, perdían o cambiaban su nombre cuando experimentaban procesos paralelos en su destino, en el sentido que otorgaban a sus vidas. 

Como Remedios, me siento llamada a la escritura. Pero no a una escritura cualquiera, ni siquiera a una escritura adecuada; tampoco a la que, durante tanto tiempo, me he exigido a mí misma. Remedios ha llegado para escribir lo que escribo, ungiéndome para un cargo que, durante demasiado tiempo, me he sentido indigna de asumir.

Otro día os cuento los porqués de mi apellido.


Y tú, que lees estas palabras, ¿qué sientes por el nombre que te pusieron? ¿Utilizas pseudónimos, apodos u otras maneras de llamarte? ¿Cómo los has escogido y para qué los empleas?

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