Cosecha de palabras

Historia del Rey Transparente es una de mis novelas preferidas. En ella, como en tantas otras, Rosa Montero hace un uso admirable del lenguaje. Además, los motivos literarios que la vertebran me conmueven profundamente. Sin embargo, el empeño de la…

Esperanza: pequeña luz que se enciende en la oscuridad del miedo y la derrota, haciéndonos creer que hay una salida. Semilla que lanza al aire la sedienta planta en su último estertor, antes de sucumbir a la sequía. Resplandor azulado que anuncia el nuevo día en la interminable noche de tormenta. Deseo de vivir aunque la muerte exista.

Rosa Montero, Historia del Rey Transparente.

Historia del Rey Transparente es una de mis novelas preferidas. En ella, como en tantas otras, Rosa Montero hace un uso admirable del lenguaje. Además, los motivos literarios que la vertebran me conmueven profundamente. Sin embargo, el empeño de la protagonista en escribir una enciclopedia, en definir palabras cuyos significados se le van volviendo relevantes, me parecía bonito y curioso, pero no me calaba hondo.

Hasta ahora.

Y es que, a pesar de haber convertido el lenguaje en el medio y el motor de mi vida, rechazo cualquier consideración del mismo como un fetiche. No creo que el lenguaje construya el mundo. Defiendo la existencia de pensamiento, conocimiento, emoción, creación, sin el lenguaje como fin ni como medio. El lenguaje excluye, discrimina y condena, y nos engaña tanto o más que el razonamiento mismo. Es un arma de doble filo, valiosa y deleznable a un tiempo.

No obstante, reconozco que las palabras también tienden puentes que nos pueden llevar a entender y entendernos. Que, cuando son certeras, nos permiten construir conceptos que apuntalan nuestra experiencia de la realidad. Tengo que admitir, además, que desde hace un tiempo y sin apenas darme cuenta, vengo haciendo colección de algunas de ellas, porque me he ido encontrando con palabras que me han ayudado a acotar y comprender experiencias hasta entonces difusas, molestas. Experiencias que ahora, justamente nombradas, resplandecen de significado.

Se trata de un proceso que también funciona a la inversa: cuando una parcela de la realidad clama por un nombre del que carezco, las consecuencias suelen ser devastadoras. Porque existen pensamiento, conocimiento, emoción y creación sin lenguaje, pero los espacios sin nombre alguno son difíciles de habitar. Quizá deberíamos aprender a hacerlo colectivamente; el problema es que solemos intentarlo solos, porque la innombrabilidad de la experiencia nos aboca a una soledad, a una alienación, que, aunque puedan ser ficticias, resultan igualmente dolorosas. Y digo ficticias porque, en el fondo, los seres humanos nos parecemos, y lo innombrable de unos seguramente sea lo innombrable de otros; pero, mientras permanecemos en la isla de nuestra individualidad, nuestro propio ser se nos hace un mundo de incomunicación.

Por tanto, si una palabra sirve para romper la soledad, la alienación, entonces hay que decirla, enseñarla, compartirla, hasta que nos alcance a todos quienes la necesitemos. No podemos guardarla como una moneda, porque las palabras, cuando están llenas de vida, necesitan luz y calor y movimiento para no acabar asimiladas a lo inerte.

Así que, como Leola, me dispongo a mostrar aquí mi cosecha de palabras. En este caso, su forma no será la de una enciclopedia, sino la de un banquete de acción de gracias, del que cualquier persona hambrienta pueda servirse y al que cualquier alma generosa pueda contribuir.

La primera palabra del mismo es sencilla y bien conocida, muy repetida últimamente; aunque, en ocasiones, con un significado que no comparto. Algo con lo que no puedo evitar sentirme molesta, porque, para mí, comprender su verdadero alcance ha implicado un cambio de perspectiva brutal en mi vida.

Y esa palabra es «autocuidado».


Y tú, que lees estas palabras, ¿alguna vez las has coleccionado? ¿Te has atrevido a definirlas según tu propia experiencia? ¿Crees que puede ser valioso hacerlo y, además, compartirlo?

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